Raquel Abulaila y Elena Culebras

Raquel Abulaila

Me separaban de España 8350 kilómetros. Llevaba casi dos meses por Madagascar,
un país amable donde la gente vive a un ritmo pausado, al que ya me había costumbrado.

Me había llevado allí la necesidad de nutrirme de nuevas experiencias en un país
con una cultura muy diferente a la nuestra, de saborear cada momento y de poder conocerde primera mano el mundo de la cooperación. Allí me encontraría con Elena,
una joven odontóloga comprometida con el mundo, que este año había decidido cooperar junto a “Dentistas Sin Límites” en Madagascar. Y así, en plena acción la conocería
y me encantaba la idea.

Cuando Elena llegó al país, yo estaba a unos mil kilómetros de la capital, que era la puerta de entrada de los vuelos internacionales. Aún así, su voz sonó cercana al otro lado
del teléfono, era la primera vez que la oía y me transmitió dulzura y timidez al mismo tiempo. Intenté imaginarme como sería, ya sabía su edad y ahora podía añadirle un tono de voz. Me permití disfrutar del momento. Era emocionante pensar que éramos dos desconocidas procedentes de Valencia que se iban a encontrar porprimera vez al otro lado del mundo y en unas circunstancias tan poco convencionales.

En esa primera llamada no cerramos el día del encuentro porque en estos países surgen muchos imprevistos, las carreteras son precarias y yo no podía asegurarle el día en que llegaría al orfanato donde ella iba a estar.

Pasaron los días, recorrí el sur descubriendo poblaciones con gente amable y curiosa
que vivía con unas condiciones de vida muy precarias y pude intuir lo valiosa e importante
que era la labor que estaban haciendo Elena y el resto del equipo de odontólogos.

Llegó el día. De nuevo una llamada de teléfono. Esta vez le confirmaba mi inminente llegada al orfanato. Me dio la dirección y el nombre a donde debía dirigirme, “Akany Avoko” y se despidió con un espontáneo ‘aquí estaré’, mientras se oía barullo de fondo.

El lugar respiraba calidez. Un niño deambulaba con su cochecillo de hojalata por el patio principal mientras una pareja de niñas se columpiaban como si les fuese la vida en ello.
A lo lejos, un grupo de jóvenes odontólogos iban de aquí para allá. Y entre ellos Elena,
una chica de ojos claros y uniforme lila que me recibió con una amplia sonrisa. Charlamos, me contó y le pregunté, y me ofreció ir a la zona de trabajo.

Unos bancos hechos con tablones de madera hacían de sala de espera, mientras Elena
y sus compañeros atendían al numeroso grupo que había venido de aldeas cercanas.

Tenían todo muy bien organizado. Unos se encargaban de la recepción de los pacientes
en el patio y los otros les atendían en un aula del colegio donde habían improvisado
una clínica. Y así, rodeados de pizarras, mapas, instrumental y cajas con medicamentos iban atendiéndoles.

Observé a Elena, sin prisas, tenía muchos días por delante. Se movía discreta, serena
y segura de sí misma. Enseguida captó toda mi atención, y no solo porque fuera
la protagonista de mi reportaje sino porque tenía algo especial. Esa manera de dirigirse
a la gente, de convencer a los niños, de restar importancia a los problemas, de afrontarlos con naturalidad, resuelta. Con esa mirada franca que traspasaba a cualquiera.

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