Mónica Torres y Aïssatou

MONICA TORRES

Al otro lado del teléfono una mujer amable responde mi llamada, le cuento que la vi un año atrás en las instalaciones de la Ser, le hablo de la impresión que me causó,  de cómo sus formas elegantes turbaron mis glándulas fotográficas, se ríe. Le hablo de la necesidad de nuestro encuentro, de que quiero conocerla y hacerle un reportaje. Ninguna oposición. El martes a las 12 en su casa.

La Coma es un barrio estigmatizado donde conviven más de 50 nacionalidades y donde el paro oscila entre el 60% y 70%, muchas familias viven al límite, Aïssatou no es una excepción.

Aïssa es una mujer africana de Senegal que forzada por una situación dificilísima dejó atrás su país, su cultura y sus raíces para construir una nueva forma de vida en nuestro país.

El bloque de pisos donde habita es una especie de laberinto semi desnudo. Asciendo hasta el tercer piso, en la puerta una joven de ojos de Gacela me invita a pasar a un modesto comedor decorado con cuatro respetuosos muebles y una enorme cámara frigorífica, donde almacenan las verduras que recolectan del huerto. En la pared una mujer vestida con lo que supongo es un atuendo africano posa junto a la ex Reina de España. Durante la espera cuatro jóvenes se dan cita en el comedor, me invitan a sentarme en el sofá, la espera se me hace emocionante. Y por fin bajando las escaleras vestida de reina con el Corán en la mano, una mujer de unos sesenta años ilumina con su sonrisa y su vestimenta el comedor: _Hola me llamo Aïssatou y estos son mis hijos_.

La amabilidad en sus maneras y su sonrisa no llevan al engaño, detrás de sus formas se encuentra una mujer luchadora y decidida. Cuando Aïssa comienza a narrar su vida, su larga odisea hasta llegar a este país me encuentro de pronto sumergida en una novela. Escuchándola voy pasando las páginas de su historia, de África a París y de París a España y veo a una mujer sobreviviendo al frío parisiense, fregando pisos, luchando por adaptarse a un mundo que no es el suyo, sin sus hijos, sin su familia, que profesa una fe que  le empuja a ayudar al prójimo y así sigue narrando lo ya vivido y yo viajando por el mundo de las emociones, con un nudo en la garganta, en lo que ahora ya es un sueño. Nada hubiera sido posible en su vida sin la fe y los valores que le inculcaron los suyos a través de su religión, la musulmana.

Sus ojos no engañan, hay sufrimiento. Pero una luz más fuerte brilla en su interior, la de la determinación y esperanza. Su sonrisa tampoco engaña, te lo da todo.

Bajamos las escaleras, nos vamos a la huerta donde trabaja con algo de ayuda de sus hijos. Mientras conduce su coche sus manos se mueven elegantemente y no para de reír mientras narra cuantas veces le paró la policía del pueblo donde habita, hasta  caer rendidos por la certeza de su legalidad. Me sorprende encontrar a la fitipaldi Senegalesa, conduce con tal seguridad que apenas miro la carretera.

Por fin llegamos a unos terrenos cedidos por el ayuntamiento. Me conduce hasta ellos y me pide que tenga cuidado de no ensuciarme. El escenario se transforma, ella se curva hacia la tierra, con esa postura que tanta dignidad transmiten  las mujeres africanas, todo se vuelve bello, el cielo despliega su abanico de colores, la tierra se oscurece y casi  puedo escuchar cánticos ancestrales transportados por el viento africano. Ante tal estampa no puedo más que sentarme apoyar mi cámara y dejarme envolver por el subliminal momento.

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