Eva Máñez y Maleni Borrull

maleni

Cuando era niña mi madre me reñía porque miraba a la gente fijamente, de manera insolente. Si alguien me llamaba la atención me plantaba delante y le miraba atentamente con ojos grandes. “ Eva, ven, aquí, deja tranquilo al señor que lo vas a poner nervioso “, me decía. Ahora soy fotógrafa y eso me permite poder mirar a la gente, escudriñar, hacerme preguntas y cuestionármelas a través de la mirada. Cuando se nos planteó este maravilloso proyecto y tuve que elegir a una mujer para mirarla y fotografiarla durante meses me sentí muy dichosa con el reto.

Tuve claro desde el principio que quería fotografiar a una mujer gitana, justamente por que yo soy paya y este trabajo me permitiría enfrentarme a mis prejuicios y conocer una etnia que parte de una situación de exclusión y de rechazo social forjada durante siglos que los estigmatiza, pero que pese a eso mantiene unas señas de identidad, unos valores y una cultura que los convierte en un colectivo singular.
Me puse en contacto con la fundación del Secretariado Gitano y con un compañero, periodista que es gitano. Me decían que iba a ser difícil encontrar a una mujer gitana que se dejara fotografiar, que ellas no iban a querer, que sus maridos no les iban a dejar. Era consciente de que ellas padecían triple discriminación: por ser mujeres en una sociedad patriarcal, por pertenecer a una minoría que es la peor valorada dentro de nuestra sociedad, y por ser mujeres en una comunidad en la que tradicionalmente han ejercido el rol de madre y esposa, casi exclusivamente. Parecía difícil poder ponerme a mirar y fotografiar a una de ellas.
Casualidad o no en eso días había un ciclo de conferencias sobre la actualidad de la sociedad gitana y una de ellas era sobre mujeres. Así que fui para allá y conocí a Maleni y a su hermana que contaban su experiencia como estudiantes universitarias en la mesa junto con otras gitanas mayores curtidas en colectivos por la igualdad de género.
Me encantó la sencillez y la honestidad con la que contaban su ejemplo y esfuerzo por estudiar. Quería saber más de ellas, sentí que había encontrado a “mi gitana”. Les hablé del proyecto, un poco por encima y quizás demasiado entusiasmada, y parecía gustarles la idea. Mientras familiares y amigos se acercaban a saludarlas, al acabar la conferencia intercambiamos teléfonos y mails. Al llegara casa escribí a Maleni ya mas tranquila contándole la exposición y quien era yo y el colectivo de mujeres fotógrafas. Me contestó enseguida, quedamos en una cafetería cerca de su facultad y hablamos largo y tendido, sobre ella, su familia, sus sueños, su vida de estudiante.
Me maravilló como enseguida me propuso acompañarla a sus prácticas de fisioterapia, a sus clases, al mercado cuando va a ayudar a sus padres en la parada. Me abrió su casa, conocí a su maravillosa familia, me invitó al bautizo de su sobrina, se dejó mirar por mi siempre sencilla y digna, y aprendí que es absurdo tener prejuicios por que lo más difícil de contar en mi reportaje es lo normal que es esta historia. Tan normal o excepcional como la de miles de estudiantes payos o gitanos.

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